“Mejor aplaude y vámonos, que termine esta función…” o eso al menos estaba yo tarareando en mi mente mientras observaba cómo se alejaba mi aprecio por alguien.
Cuando algo se ensucia, hay que limpiarlo. Cuando algo se desordena, hay que organizarlo. Cuando algo ves que se aleja (sin remedio, ojo) hay que dejarlo marchar… y olvidarlo. Retener en contra de la voluntad no ayuda ni mejora. Pero formatear las emociones me cuesta mucho más de lo que me pensaba y eso que en un principio me es aterradoramente fácil aceptar los cambios y seguir adelante… Aunque a veces de repente un buen día vuelve a surgir el sentimiento enterrado para recordarme que todavía sigue allí, que en realidad no lo he olvidado, simplemente (como decía Freud, aunque no sea santo de mi devoción) “no quería recordarlo”.
Pero si disfruto realmente con algo es ordenando las cosas. Y no hay nada mejor para sentirte bien como ordenar y limpiar, en mi caso, la caótica habitación de estudio que tengo en mi piso (“mi” piso es un eufemismo, en realidad es de mis viejos!!). “Es como una limpieza espiritual”, le comentaba hace un tiempo a un amigo. Y en mi citado caso es cierto. No podía seguir con mi vida porque aquella habitación, el piso en general, reflejaba mi malestar y desorden emocional interior y me asfixiaba… Rediós, qué mal suena esto último!! Sad but true…
Ordenar la habitación de estudio me sirvió para reordenar mis ideas. Limpiarla fue como asear mis emociones. Ahora sólo me falta pintarla y colocar las estanterías: seguir en la dirección correcta y tomar las decisiones más adecuadas, que no es moco de pavo, no.
Y por supuesto, no hay dos sin tres y cuando ves, por enésima vez, cómo alguien que por momentos parece que le importas y a ratos ves cómo te ignora, te desconcierta bastante, la verdad, y acabas pensando que no es una influencia positiva ni recomendable para tu vida en general. Así que, como haría con todos los “trastos” que acumulo durante años y que en el fondo sé que nunca voy a volver a utilizar, lo deshecho. Sí, porque a veces no se puede ni “reciclar”, no hay solución, siempre será un “trasto” en mi vida, que no me aportará nada y que en cambio, si no fuera porque abro los ojos de vez en cuando, yo seguiría guardando pensando ingenuamente que algún día podría haber de nuevo una simbiosis entre ambos como antaño.
Y ¿qué relación tiene todo lo que estoy narrando con el título del blog?... Pues bien, me hizo gracia un día el comentario que un torero le dijo a otro: “Tú zí que ereh grande, Maeztro!”, con lo antitaurina que me creo. Aunque en estas circunstancias sería más indicado decir: “Tú sí que la tienes grande, Maestro” y no me refiero a lo que el 99% de vosotros (hay que desestimar un 1% por estadística) estáis pensando. Por el contrario, me refiero a la pasividad, la ausencia, la lejanía que proyectas una y otra vez hacia mi persona. Pero yo aprendo rápido, para bien o para mal, Maestro, siempre he sido una alumna aplicada y ya he adquirido bastante de ti. Ahora sólo deseo que termine esta función, este teatro. Por eso aplaude y vámonos.
Y aun te preguntas todavía porqué la gente se acaba alejando, cansando de ti, Maestro… Es por tu actitud. Nuestras actitudes frente a los acontecimientos y las personas que nos rodean son las que hacen que la gente se acerque o se aleje de nosotros. De ahí que seguramente mi actitud no te alimenta lo suficiente y por ello te distancias y me excluyes. Deseo que tus sueños se cumplan, que seas feliz, Maestro, que la vida te sonría porque sé que te lo mereces, y porque en el fondo te aprecio, pero yo no estaré a tu lado para verlo, y quizás eso sea lo más adecuado para mí.
Yo soy fuego, Maestro, aunque asustadizo, pero también, si me hieren, quemo. Mientras que a ti te siento como el agua: en ocasiones fría, imposible de abrazar, que ahoga, que inunda, que me apaga la poca llama que últimamente tengo… Necesitas un cauce que te guíe. Yo únicamente puedo avivarte un poco, y es para lo único que me necesitas y me utilizas, como un apoyo o un cálido respaldo a tus emociones. Una vez caldeada ese agua te sientes con fuerzas para golpear con oleadas cualquier objetivo que te propones y entonces te olvidas de mi lumbre y extingues de tu alrededor, como avergonzado, la incandescencia que me caracteriza, Maestro.
Soy consciente que no soy el lecho por el cual seguirás tu curso, Maestro, sólo soy un pequeño y tímido fulgor en un momento de tu dilatada vida, una ascua perdida y desorientada entre tanta marea enardecida, incansable… Disculpa por ser sólo una pequeña chispa entre todas las llamas que te rodean y no una espectacular falla que pueda cegarte hasta la evaporación. Tampoco lo deseo ni espero llegar a serlo nunca. No quiero, ni puedo, anular a nadie con mi mediocre destello, tranquilo. Sólo quiero dar mi calor a cambio del oxígeno necesario y tú, Maestro, no eres el aire que respiro.
Va por uztedeh!
“Feuer und Wasser kommt nicht zusammen.
Kann man nicht binden,
sind nicht verwandt.
In Funken versunken steh ich in Flammen
und bin im Wasser verbrannt.”
RAMMSTEIN
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada